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Oro Podrido: Cómo es trabajar en una mina en Perú

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En la cordillera oriental del Perú, 35.000 personas conviven a diario con 5.400 metros de altura, veinte grados bajo cero por las noches y condiciones de vida y de trabajo que solo se soportan por el sueño del oro. La Rinconada es la ciudad más alta del mundo y un desafío a los límites de nuestra especie.

 

“¡A la mina, a la mina, a la mina, a la mina!”. El grito se impone en la terminal zonal de ómnibus de Juliaca, en el sudeste del Perú. En los últimos treinta años, la ciudad se ha ido transformando en el centro de operaciones de las infinitas explotaciones mineras que rodean como epidemia el nevado de Ananea, una montaña de hielos perpetuos que abriga en sus entrañas lo que nunca se dejó de buscar en el país desde los tiempos de Francisco Pizarro: oro.

La Rinconada Mina Oro Perú
Crédito: Gustavo Moure

Pero Juliaca es apenas el punto de partida de esta historia, cuyo protagonista es, en realidad, La Rinconada, una pequeña población minera encaramada en la montaña, a 5.400 msnm: la ciudad más alta del planeta según la National Geographic, un lugar que desafía la posibilidad misma de la vida.

En plan de conocer este experimento humano llegué a Juliaca, único punto de donde parten buses hacia La Rinconada, 210 kilómetros al este. “Todo pista, todo pista”, dice la señora que me induce a comprarle un boleto. Por allí llaman “pista” al asfalto que ahora cubre gran parte del trayecto, aunque aún hay cincuenta kilómetros en que abundan los vados, arroyos y precipicios. La ruta es un camino de hormigas transitado a toda hora para abastecer La Rinconada, que hace tiempo alcanzó los 35.000 habitantes amuchados en torno del nevado Ananea. “Acomódale la mochila al gringo”, grita el chofer a uno de sus ayudantes mientras ocupo mi banca en una de las busetas que están a punto de salir. Comienzo a entender que en este universo habitado por quechuas y aimaras, es ajena cualquier otra identidad. De hecho, no me cruzaré ningún otro extranjero en toda mi estadía.

El bus parte completo a las seis de la mañana, incluso el baldecito pegado a la puerta, donde se acomoda una mujer inmensa con porte de buda. El silencio apenas se corta por algún comentario en quechua y por la emisora Pachamama Radio de la provincia de San Antonio de Putina, que obstinadamente dirá cada cinco minutos “la hora exacta en el Perú”.Mientras ascendemos en el terreno, los que no dormimos cumplimos con el ritual andino de “coquear” para amortiguar los efectos tumbadores de la altura. Al atravesar el río Maravillas, la ventana regala una postal colonial con varias mujeres que marchan a lavar sus prendas.

Después de superar los poblados campesinos de Taraco o Huancané, la tierra se vuelve grisácea hasta mostrarse estéril para la siembra a medida que La Rinconada se acerca. Desde Putina en adelante, solo veo mineros, mineras, personas que sobreviven de lo que la montaña entrega. El nevado de Ananea ya se avista, inconfundible, aunque nada hace sospechar lo que se ve un minuto después: La Rinconada, además de un enclave humano en la montaña inmensa de hielos eternos, es también una ciudad levantada entre la basura, donde llamas y alpacas pastan entre un empaste de hielo, restos de comida, matas y desechos mineros a cielo abierto. Aquí los camélidos han cambiado sus hábitos, y ya no migran en busca de pasturas. Husmean en los residuos como los perros y las aves carroñeras, a las que llaman “cara-cara”. Y así sobreviven.

La carne de los camélidos, como todo aquí, está contaminada. Pero como representa una de las principales fuentes de proteínas de los habitantes, ninguno de ellos le hace asco.

La Rinconada Mina Oro Perú
Crédito: Gustavo Moure

La Rinconada no posee agua corriente, cloacas, calefacción, ni mucho menos tratamiento de residuos. Ningún tipo de servicio, salvo el transporte y la telefonía celular. Al estacionar los carros, el suelo los estremece, y no es barro lo que se desgarra debajo de las suelas. La nieve que congela las calles se derrite por el sol, las pisadas, el tráfico. Y también se mezcla con las heces de la población, que las arroja sin más trámite al centro de cada calle, en una zanja cavada a pala. Las aguas servidas, la basura y el mercurio de los relaves mineros forman una ciénaga difícil de olvidar para el que la pisa. En ese pantano convive la población con una resignación pasmosa. “Siempre ha sido así”, dice Elmer, un minero que, como todos allí, parece acostumbrado a lo imposible. Pero la naturaleza es sabia y el frío que todo lo congela en La Rinconada salva la ciudad de un brote epidémico.

El aire es otro capítulo. Una masa helada y viciada invade los pulmones. Los gases que se desprenden de la descomposición del suelo participan en la combustión junto a los vapores de los chicharrones que las doñas cocinan en plena calle, y también junto al mercurio que se evapora por las chimeneas de los acopiadores de oro. El oxígeno, un bien escaso, deja a los recién llegados como autos con poco octanaje.

El estómago también se siente forastero y se torna inútil. Los oídos se tapan por completo y las pastillas de “soroche” contra el mal de altura se transforman en inofensivos mejoralitos. Recién llegado, extranjero de todo, me vuelvo un improvisado asmático.

Me contarán después del viaje que una suerte parecida corrió el líder de Calle 13, René Residente, cuando hace unos años pasó por la ciudad mientras filmaban un videoclip. René la parió con la altura: taquicardia, nervios, ataque de pánico. La estadía de Calle 13 en La Rinconada duró solo siete horas.

La Rinconada tiene varios hospedajes. Muchos de los “hoteles” son apenas cubículos separados por paneles de madera atornillada donde se padecen las noches de veinte grados bajo cero. Consulto el precio de una habitación y la respuesta dispara un tema tabú que hace de La Rinconada, quizás, el lugar más peligroso del Perú:”¿La quiere con nena o sin nena? Con nena tiene una por cincuenta soles”.

El flagelo es visible a toda hora en el pueblo. Muchachitas de 15 o 16 años se pasean durante el día encorsetadas para el burdel. Se estima que al menos 1.500 mujeres, menores muchas de ellas, han sido llevadas hasta Juliaca con el ofrecimiento de un buen empleo desde Bolivia y desde distintos puntos del Perú, y posteriormente introducidas en las redes de trata de La Rinconada. Los cincuenta soles que me piden equivalen a unos dieciocho dólares. Previamente, en la frontera con Bolivia, un oficial de migraciones hacía la misma sugerencia:

-Así que vas a La Rinconada.
-Sí, ¿sabe cómo están por allí las cosas?
-Uy, hace frío. Abrígate y búscate alguna chica que te haga compañía.

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Crédito: Gustavo Moure

En ese ambiente misógino, ser extranjero es peligroso y ser periodista es casi una insolencia. En 2007, Elsa Checmapocco, quizás la única mujer que alzó la voz contra la trata de personas en La Rinconada, fue acribillada a balazos. El asesinato quedó impune.

Antes de partir a La Rinconada, los intentos por establecer una red de contactos habían sido inútiles. Pero pude saber que el alcalde se llama José Mamani Yucra, y tuve el cuidado de avisar a la alcaldía mi arribo por estos días. Al llegar soy atendido por uno de sus reemplazantes provisionales, Arturo Vázquez, que solo ofrece facilitarme “un sereno” para que me acompañe a los socavones a cambio de alguna propina. Las bocaminas se encuentran a una hora de caminata en ascenso por las calles congeladas del pueblo.

Cuando la altura me da tregua y recobro fuerzas, vuelvo a la alcaldía en busca de la ayuda prometida, pero la respuesta es siempre la misma: “Don Arturo está ausente”. Los únicos dos o tres oficiales de la policía peruana que custodian las oficinas, prácticamente niños con gomeras en este universo, juegan a las cartas y me sonríen. En La Rinconada, el Estado peruano es algo tan ausente como el oxígeno.

En los años ochenta, La Rinconada era apenas un campamento, un puñado de carpas bajo la nieve. Pero aun así, la fiebre del oro cundió en este infierno helado del Perú, país siempre fértil para las desmesuras: Pizarro hizo un baño de sangre tras el oro de Atahualpa y los incas. Lope de Aguirre se hacía llamar a sí mismo “la cólera de Dios” mientras buscaba el reino perdido de El Dorado. En las últimas décadas del siglo XX, la crisis económica produjo un aluvión de mineros que llegaron desde todas partes a buscar su revancha. Sin embargo, ni la fabulosa imaginación de Chaplin pudo fabular un sistema de trabajo como el de La Rinconada.

El nevado de Ananea es propiedad del Estado, que a su vez otorga la explotación total de la mina a la Corporación Minera Ananea, una sociedad anónima de capitales peruanos. La empresa alquila la explotación de las bocaminas, es decir, de cada socavón que hay dentro del glaciar, a unos trescientos contratistas. Cada contratista, por su parte, subcontrata a los mineros, que son quienes se internan en los túneles de alrededor de un kilómetro de largo dentro del nevado Ananea. Los mineros trabajan bajo un sistema llamado “cachorreo”, por el cual lo hacen veintiocho días gratis, extrayendo oro para el contratista, y solo dos para beneficio propio. Si en esos dos días el minero no encuentra oro, habrá trabajado gratis durante un mes.

Aldo es uno de esos mineros. Nacido en Azángaro, este campesino devenido minero lleva seis años en La Rinconada, pero promete irse pronto: “Ya pues un año más, mucho frío, voy a quedarme hasta que se pueda. El propósito es tener tu casa, tu comodidad; una vez que logras tu propósito, te vas. A veces la mina está baja, a veces no haces nada. Y a veces haces miles de soles en un mes. Nunca se sabe en la mina”.

La Rinconada Mina Oro Perú
Crédito: Gustavo Moure

Nunca se sabe. Esa es la clave de este sistema extorsivo. Para minimizar riesgos, los mineros suelen llegar a La Rinconada con toda la familia. Mujeres, niños y niñas trabajan en alguna etapa del proceso, vulnerando leyes y convenciones de todo tipo. Si los dos días de cachorreo son malos, el minero terminará endeudado y ni siquiera podrá abandonar la ciudad. Se dice que ha habido desaparecidos y, como eco de aquella leyenda del “perro familiar” en los ingenios del norte argentino, aquí también una creencia popular -siempre adepta a las ofrendas para la madre tierra- justifica las ausencias sorpresivas: una leyenda local sostiene que un cerebro humano en descomposición dentro de las bocaminas hace aflorar los filones de oro, por una cuestión química. La maniobra es perfecta: como las autoridades son apenas una puesta en escena, nadie reclama por los ausentes, y las muertes por derrumbes o monóxido de carbono no se considerarán una tragedia, sino una cuestión del destino y hasta una ofrenda a la Pachamama.

Tras el fracaso en las gestiones con la alcaldía, emprendo la fatigosa caminata de una hora hacia las bocaminas. En el camino intento conocer al cura del pueblo, pero no está. Iglesia y zona roja comparten calle en La Rinconada. Lo que en la noche se observa de lejos como una multitud de luces de colores intermitentes que llaman como sirenas a los mineros, de día son locales cerrados, con fotos de mujeres rubias, altas y de largas piernas, muy diferentes a las mujeres andinas. Acompañan mi recorrido un dominó de miradas que no se me despegarán hasta que me vaya de la ciudad. Para llegar a los socavones hay que atravesar el campamento de Cerro Lunar, un pueblo anexo a La Rinconada que otrora tenía una laguna con agua pura, fauna y flora lacustre. Hoy es un pantano rodeado por las casas de cinc de los mineros.

Al llegar, suena una cumbia con reminiscencias a “La cucaracha”. Mientras entrevisto al minero Raúl Calcina, otro interrumpe con tono intimidatorio:

-¿Cómo está usted, en qué puedo servirlo? ¿Usted no vendrá de Ollanta Humala (presidente del Perú)?

-No, vengo de Argentina. Estoy realizando una nota sobre la minería artesanal de oro.

Muestro el carnet de periodista, escucha que soy argentino, mi tonada, mi voz. El minero deja una última sentencia antes de negarse a seguir hablando:

-Ollanta quiere meternos a todos en la misma y nosotros preferimos solos porque el cachorreo no alcanza.

Raúl Calcina, que lleva ocho años en la mina, me explica que el Estado intenta erradicar la minería ilegal: “Antes había muchos accidentes. Creo que la formalización va a mejorar nuestras condiciones, aunque por miedo todos la rechazan”.

Sin embargo, esa aparente búsqueda de formalización encierra varios debes. En 2012, mediante el decreto 1107, el Estado peruano prohibió las explotaciones mineras en áreas sin concesión oficial. En La Rinconada, solo posee ese estatus la Corporación Minera Ananea. Trabajar para Ananea implica aceptar el sistema de cachorreo; no hacerlo implica ser ilegal.

Esta sociedad anónima nació en 2004 por impulso de la Cooperación Suiza en el Perú, brazo de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación, organismo cuya misión es invertir en áreas de países subdesarrollados que le interesan a la economía suiza. El oro de La Rinconada es procesado en Juliaca por Metalor, una empresa suiza con filial en el Perú. Con el 37% de las exportaciones, Suiza es el principal destino de las auríferas peruanas.

Si el aire falta afuera, el ingreso a la mina se vuelve imposible. El olor a azufre y los minerales en combustión forman un caldo tibio y denso que se mete en el cuerpo. El minero primero cava en la pared un hueco para ubicar la dinamita. Debe ser muy preciso para que entre apretada en la piedra, ya que un “tojo” o piedra suelta puede generar un derrumbe con facilidad. Los mineros mejor armados tienen un taladro neumático para este trabajo. Fuera de eso, toda la tecnología utilizada consiste en un casco con luz eléctrica, botas, un traje y cartuchos de dinamita sin ningún otro sistema de retarde más que prender la mecha y echarse a correr. Todos los elementos son comprados por los mismos mineros. Una vez hecha la detonación, el minero recoge las piedras, las carga en un saco de nailon, baja con la bolsa al hombro y la vuelca en un camión que llevará el material hasta Juliaca, donde el mineral se triturará. Por cada tonelada tratada quedan, en promedio, entre doce y quince gramos de oro puro.

A diferencia del proceso anterior, en que el minero trabaja para Ananea, en los dos días de cachorreo para beneficio personal realiza artesanalmente todas las etapas; es decir, la perforación, el dinamitado, el acarreo, la molienda y el amalgamado del mercurio con el oro. El minero alquila una máquina de molienda para triturar la piedra, y luego asiste a la zona de “quimbaleteo”. El quimbalete es una especie de mortero donde el minero se para y hace un movimiento pendular durante media hora, mientras vierte en el buche del quimbalete agua y mercurio, hasta que el oro se separa del resto de los minerales. El minero toma luego una batea y filtra el agua con un pañuelo, sin guantes ni ninguna protección, hasta que queda en su mano una bolita de oro y mercurio amalgamados que irá a vender al mercado al mejor postor.

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Crédito: Gustavo Moure

Uno de los mineros que encuentro “quimbaleteando” es Roberto Condori, de 48 años, oriundo de Puno. “Si lo persigues lo consigues”, me dice. Roberto vino hace ocho años, pero desde hace un tiempo sufre la ausencia de su familia, que no resistió el frío y se volvió a Puno. “Por el momento estoy solo. Vine por trabajo más que todo, porque allá casi no hay. Pero mis hijos ya no van a salir mineros. Uno estudia Ingeniería en Sistemas y otro para ser policía”.

Acompañé a Roberto al comercio de un acopiador, que realiza la última etapa del proceso. El acopiador calienta la bolita de oro y mercurio a casi 2.000 grados. El mercurio se evapora por las chimeneas y entonces queda el oro puro, que se paga al peso unos cien soles por gramo (35 dólares). El mercurio evaporado se adhiere a la nieve de los tejados, y la nieve luego es derretida y utilizada por muchas familias como agua de consumo. El mercurio daña principalmente el sistema nervioso.

Entre los acopiadores, me llevo el testimonio de José José. Más de la mitad de sus cuarenta años los ha vivido en La Rinconada. José José antes fue minero. Llegó desde Juliaca por “una temporadita”, y como casi todos, no volvió a irse. “Empecé a los diez años, y después me fui independizando. Me fue bien”. La sentencia del acopiador resulta un perfecto resumen de esta tragedia humana: abandonar el socavón para vivir respirando mercurio emanado de un soplete es un auténtico progreso en este mundo llamado La Rinconada.

Por su parte, el minero Elmer, nacido en el pueblo de Moho, todavía tiene a su familia con él, a pesar de los seis años duros que le ha deparado La Rinconada desde su llegada. Trabaja de “chute”, un oficio de bonanza al lado de otros que consiste en acarrear y depositar el desmonte, que debe ser evacuado de la zona de minas. “Somos cinco, mi esposa y tres hijos. He venido por el bienestar de la familia. Ha sido regular, no tan positivo y no tan negativo. Los hijos también estudian y nos quedaremos hasta que terminen la secundaria”, me cuenta. Como casi todos, las quejas del minero no se relacionan con la contaminación, ni con la prostitución infantil ni con la total carencia de servicios, sino con el frío: “El frío acá es bastante, es lo más complicado. A los mayores de cincuenta los afecta mucho”. En La Rinconada, la esperanza de vida es justamente de ciencuenta años, veintitrés años menos que la media del país.

Pero no son solamente hombres los explotados en La Rinconada. En la proximidad de las bocaminas se ven grupos de mujeres agachadas en el filo mismo de la montaña, donde las tolvas descargan la piedra recién arrancada al socavón. Se trata de las pallaqueras, oficio únicamente realizado por mujeres que consiste en revisar a mano el mineral fresco para detectar a simple vista el oro de mayor ley.

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Crédito: Gustavo Moure

Una de las pallaqueras que se presta al diálogo es Blanca. Me cuenta que vive en Putina y que no viene siempre, sino cuando tiene necesidad: “Vengo a veces porque es mucho el frío. Hay veces que se gana, otras veces que no se gana, por eso no vengo siempre”. Como Blanca, unas setecientas mujeres trabajan de “pallaqueras” en La Rinconada. Son tantas que incluso se han nucleado en cinco asociaciones gremiales. El trabajo de las mujeres es tan peligroso como el de los socavones, porque se realiza solamente en las pendientes del terreno. Este año, un derrumbe en Luna de Oro, próximo a La Rinconada, dejó sepultada a una pallaquera bajo las rocas. Son normales los accidentes por descargas de mineral mal practicadas. Esto impulsó la organización gremial, aunque he sido testigo de cómo una Caterpillar inmensa producía casi una explosión de rocas en una descarga, apenas a unos metros de las pallaqueras, que se tiraron rápidamente en competencia sobre la montaña de piedra fresca para encontrar el oro.

Cuando le pregunto a Blanca si alguien se volvió rico en la mina, me responde que sí. Como le pasó a la familia Torres Carcasi de Puno, me dice. Sin embargo, esos casos emblemáticos no actúan más que como un señuelo para el resto. Solo cerca del 5% de los mineros (empresarios o contratistas) alcanzan buenos ingresos. El resto, que produce no más de diez gramos de oro por mes (350 dólares), subsiste miserablemente en la actividad, aunque el sueño del oro los mantiene a todos despiertos. Las pallaqueras pueden optar por 350 soles fijos, a modo de salario, o por la ruleta de ganar al peso, como el resto de los mineros. El pallaqueo resulta casi un ejercicio de la mendicidad que les depara el futuro a estas mujeres, cuando el físico no les permita más trabajar en La Rinconada.

Perú fue, culminado el año 2013, el quinto exportador mundial de oro con 151,5 millones de toneladas. Sin embargo, desde que en 2011 la onza de oro alcanzó los 1.920 dólares, el precio del mineral empezó a decaer y hoy es de 1.238 dólares. En este mismo lapso, las inversiones auríferas bajaron un 43% en el país. Lejos de estos números, los mineros de La Rinconada siguen asistiendo a diario al espectáculo de su propia muerte. Como en los tiempos de Pizarro, el país de los incas parece condenado a la tragedia del oro.




FUENTE: Texto y fotos (excepto portada) Gustavo Moure para conexionbrando.com / Adaptado para Renderas Business ©

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