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Cómo salió Donald Trump de sus deudas

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En 1990, cuando Donald Trump enfrentaba la peor crisis de su carrera, el fin de semana del Día del Trabajo (que en Estados Unidos se celebra en septiembre), se desplazó con Wilbur Ross Jr. a Atlantic City, Nueva Jersey, para hablar en el Taj Mahal, un opulento casino que Trump acababa de inaugurar pero que estaba al borde de no poder cumplir con el vencimiento de un bono.

Donald Trump en 1988. PHOTO: CHARLYN ZLOTNIK/GETTY IMAGES
Donald Trump en 1988. Foto: Charlyn Zlotnik/Getty Images

Ross, un experto en activos en problemas, representaba a los tenedores de bonos. Trump lo llevó a la ciudad costera en un helicóptero que exhibía su apellido en gigantescas letras rojas.

“Los bonistas estaban obviamente muy enojados”, dice Ross. “Su inclinación inicial era sacarse de encima a ese bribón”.

El helicóptero aterrizó en una pista cerca del paseo marítimo. Al instante, una pequeña multitud rodeó un auto que esperaba allí, pensando que Trump estaba en él. “Apuntaban [al auto] con sus cámaras de video… [Trump] recibió una increíble adulación de la multitud”, recuerda Ross.

“Eso me hizo cambiar totalmente de opinión. El recuerdo se me quedó grabado y me llevó a la conclusión de que el Taj Mahal sin Trump probablemente sería mucho menos exitoso que el Trump Taj Mahal con Donald” a bordo.

Aunque ya era reconocido públicamente como un astuto y muy rico hombre de negocios, en 1990 él y sus empresas debían US$3.400 millones y no estaban en condiciones de pagar. Los prestamistas podían apoderarse de sus hoteles, casinos y otros activos.

Peor aún, de aquella deuda, US$830 millones tenían su garantía personal. Si querían, los acreedores podían obligar a Trump a declararse personalmente en bancarrota.

Trump sobrevivió. Hoy es un multimillonario que cita su riqueza y su éxito para justificar que como presidente podría hacer que Estados Unidos sea “grande otra vez”.

Trump no puede exhibir experiencia alguna en el gobierno. Una forma de medir el tipo de presidente que podría llegar a ser es examinar su carrera empresarial, en particular cómo se enfrentó a su mayor crisis.

Para a salir de la situación, Trump comenzó a conducir a sus acreedores a la misma conclusión a la que había llegado Ross: financieramente, el promotor de bienes raíces valía más para ellos vivo que muerto. Un grupo de esos acreedores, que tenía US$2.100 millones de la deuda de Trump, mayormente en propiedades de Nueva York, acordó en 1990 un complejo plan que le dio al empresario años para encontrar una solución.

Trump también exprimió dinero de su imperio de casinos para transferirlo a sus propiedades en problemas. Hizo atravesar a sus tres casinos por los tribunales de bancarrota.

Incluso entonces, Trump continuó extrayendo efectivo de ellos. En 1992, cuando Trump Castle, uno de sus casinos, se encontraba bajo bancarrota protectiva (Capítulo 11 de la ley de quiebras de EE.UU.), Trump recibió US$1,5 millones por guiar a la empresa a través del proceso. En total, obtuvo más de US$160 millones de los casinos de Atlantic City en concepto de honorarios y otros pagos, de acuerdo con una serie de documentos de los reguladores de los juegos de azar de Nueva Jersey y la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) que revisó The Wall Street Journal.

“Durante muchos años saqué dinero de Atlantic City”, dijo Trump en una entrevista. “El dinero que hice en Atlantic City alimentó un montón de proyectos”.

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Donald Trump en su rol de precandidato a presidente de los Estados Unidos por el Partido Republicano, durante 2015

No les fue tan bien a aquellos que confiaron en él con sus fondos o su trabajo, incluyendo empleados, proveedores, tenedores de bonos y accionistas. Los contratistas del Taj Mahal debieron conformarse con menos de lo que se les debía. Los empleados perdieron sus trabajos.

El empresario también tomó dinero de su imperio de casinos para usarlo en sus propiedades en problemas.

Entre 1990 y 1996, Trump persuadió a sus acreedores de que le renovaran el acuerdo de reestructuración de deuda, una y otra vez. Según una persona familiarizada con esos acuerdos, Trump los hacía tan complicados que sólo él podía entenderlos plenamente.

Su lucha incluyó peleas y litigios. Demandó a socios y atacó verbalmente a quienes se cruzaron en su camino, incluyendo analistas de valores (a uno de ellos le costó su trabajo). Colegas, amigos y socios entrevistados describen a un hombre cuya combatividad puede rayar en la venganza. En un debate del Partido Republicano, cuando se preguntó a los candidatos sobre sus debilidades, Trump dijo: “Jamás perdono”.

Trump dice que sus duras tácticas siempre han estado justificadas por deslealtad o provocación. “¿Qué se supone que debería hacer? ¿Revolcarme?”, pregunta. “Cuanto más duro peleo, más dinero gano”.

 

Plataforma de lanzamiento

Trump se inició a mediados de la década de 1970 cuando la crisis fiscal de Nueva York abarató los bienes raíces comerciales de la ciudad. Comenzó con un préstamo de US$1 millón de su padre, Fred Trump, un constructor de viviendas para clase media en Queens y Brooklyn. Entre sus primeros negocios se cuenta un sitio de 75 acres en el West Side de Manhattan y la conversión de un viejo hotel cerca de la estación Gran Central en lo que hoy es el Grand Hyatt.

Cuando Nueva Jersey legalizó el juego en Atlantic City, Trump compró allí terrenos con un préstamo bancario y otros US$7,5 millones de su padre, de acuerdo con un informe del fiscal general del estado. Después de ganar control de dos casinos a través de acuerdos que los cargaron de deuda, en 1987 giró su atención al Taj Mahal, un megaproyecto de Resorts International Inc.

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Donald Trump y Michael Jackson en el Taj Mahal de Atlantic City, en Estados Unidos, 1989.

Trump compró una clase de acciones que le daban una porción del capital de Resorts International, pero que le otorgaban los votos de control. Desde esa posición, impuso un contrato de servicios por el cual la compañía le pagaría US$108 millones en cinco años. Trump les dijo a los reguladores de los casinos que la compañía podría obtener el dinero necesario para completar el proyecto sólo si se aseguraba a los bancos que él permanecería involucrado, que era lo que aseguraba el contrato en cuestión.

La noticia de que la financiación parecía incierta hundió las acciones de Resorts. Entonces, Trump les dijo a los inversionistas que la única forma de terminar el Taj Mahal era que él comprara Resorts a precio apenas por encima de su reducida cotización en bolsa. Los financistas de la construcción, dijo, se retrajeron en parte por el alto costo de su contrato de servicios.

Luego Trump cerró un acuerdo con otro de los interesados en Resorts, aceptó US$60 millones para dar por concluido su contrato, y al final de 1988 el Taj Mahal estaba hecho sólo a la mitad. La compañía emitió bonos por US$675 millones para finalizar la obra.

A fines de la década de los 80, Trump poseía tres casinos, el Plaza Hotel y la Torre Trump en Nueva York, y la aerolínea Trump Shuttle. Cuando una recesión golpeó en 1990, Trump quedó enterrado en deuda. “Vi a mi imperio colapsar”, escribió más tarde.

Su primer movimiento de salvataje fue buscar un acuerdo de reestructuración de deuda con un gran grupo de prestamistas. El trato casi fracasa cuando un acreedor extranjero casi se retira de las conversaciones. Al final de un día, convocado a la sede de Citibank para una conferencia telefónica con el acreedor reticente, Trump arribó tan decaído que parecía a punto de llorar, según el banquero Robert McSween.

Pero en la conversación telefónica su carisma se disparó. “En 10 minutos alcanzó la cima de una total confianza en sí mismo. Les dice que todo va a salir bien, que vamos a lograr que suceda”, recuerda McSween. Tras persuadir al acreedor, Trump colgó el teléfono y en broma les preguntó a los banqueros: “¿Cómo lo hago?”

El acuerdo dio a Trump cinco años para pagar la deuda. Los bancos le concedieron una línea de crédito de US$65 millones para administrar las propiedades pero limitaron sus gastos personales a US$450.000 por mes.

El acuerdo fue firmado en una sala llena de abogados. “Fue un momento brutal. Te dan una asignación mensual, y ya no controlas ni tu propia vida”, dijo una persona presente. “Él no estaba contento”.

Taj-Mahal-Atlantic-City-Estados-Unidos917045_173455_IcahnDealTrump firmó los papeles aceptando un plan que incluía la venta de valiosas propiedades, como el Plaza Hotel, aunque dándole una nueva financiación. Tras firmar, Trump repartió copias de sus memorias, El arte de la negociación, dice Alan Pomerantz, uno de los abogados.

La reestructuración no abarcaba al recién inaugurado Taj Mahal. En el otoño boreal de 1990, cuando éste tenía dificultades para llegar a pagar un bono, se les dijo a los contratistas que debían aceptar un recorte de al menos 30% de lo que se les debía o arriesgarse a perder más, dice una persona familiarizada con el asunto.

James McCullough, un distribuidor de contratistas, dice que perdió miles de dólares porque las empresas “me decían que no estaban cobrando y no podían pagar la factura”.

Trump dice que los que perdieron su trabajo o sus contratos tal vez nunca los habrían tenido de no haber sido por él. “Hicieron un montón de dinero gracias a mí”, dice.

En julio de 1991, poco más de un año después de haberse inaugurado, el Taj Mahal se declaró en bancarrota.

Cuando el Castle, otro de los casinos de Trump, se encontraba en problemas financieros, su padre compró US$3,5 millones en fichas, pero no las usó. Los reguladores consideraron que eso equivalía a una ayuda ilegal al casino.

Trump niega que haya sido ilegal, y dice que la ayuda que recibió a través de las fichas daba a su padre prioridad sobre otros acreedores. Su padre, dijo, al final recuperó su dinero.

El Taj Mahal salió de la bancarrota a finales de 1991, pero los otros dos casinos de Trump, el Castle y el Trump Plaza, quebraron al año siguiente.

Ese año, Trump se deshizo de más deuda conforme los acreedores tomaron su aerolínea Trump Shuttle y una participación en el minorista Alexander’s.

En Nueva York, se envolvió en una disputa sobre el Grand Hyatt Hotel, cuya mitad le pertenecía. Los copropietarios, la familia Pritzker de Chicago, presionaba por unas costosas mejoras. Trump consideró que la propuesta, que requería que cada socio aportara más dinero, intentaba aprovecharse de su momento de debilidad. Entonces presentó un juicio contra sus socios, alegando que estos trataban de excluirlo del negocio, algo que aquellos negaron.

“Llamé a Jay [Pritzker] y le dije: eres una mala persona y voy a darte una patada en el trasero’”, dice Trump hoy. Pritzker ya ha fallecido.

Para 1993, los tres casinos habían salido de la bancarrota. En cada caso, Trump salvó 50% de su capital. Los acreedores, que valoraban su conocimiento del negocio y no tenían licencias para operar casinos, lo mantuvieron involucrado en la administración.

Trump volvió a endeudarse. El Trump Plaza emitió notas por US$330 millones. El empresario utilizó US$35 millones para recomprar la parte del casino que había perdido en la quiebra y otros US$52 millones a pagar deuda en Nueva York.

Trump dice que el nuevo endeudamiento fue idea de los banqueros, a la que él se había resistido al principio. Pero estaba perdiendo su fe en Atlantic City debido a decisiones que venía tomando la ciudad, tal como un proyecto de centro de convenciones alejado del paseo marítimo. Así que decidió endeudar a los casinos y usar el dinero en otros lugares, dice. “Me dije: OK, estamos en un momento de bonos chatarra; ha sido una gran experiencia, pero yo me salgo”.

Pero en Nueva York, aún era responsable por millones de dólares en deudas. Parte de esa deuda correspondía a las obras en el Upper West Side de Manhattan. Si tenía que vender, Trump quería un comprador que lo dejara participar en la propiedad y la administración. Pero los potenciales compradores no estaban dispuestos a hacer eso, dice Abraham Wallach, un asistente de Trump en esa época.

Entonces, siguiendo las instrucciones de éste, agrega Wallach, los engañó. “Exageré el número de personas que tenían demandas” judiciales contra el proyecto y “les dije que los ingresos del proyecto era menor de lo que podría ser”, dice Wallach.

Trump dice que no recuerda haberle pedido a su ayudante hacer esto, pero “sin duda tiene sentido” que lo haya hecho.

 

La batalla con Citibank

La venta del Plaza mostró al Trump más combativo.

Citibank había financiado la mayor parte de su compra del legendario hotel neoyorquino y le permitió continuar administrándolo mientras ambos buscaban comprador.

donald_trump_smirkTrump tenía una relación cordial con una ejecutiva del banco, Patricia Goldstein. En 1994, el marido de ésta se estaba muriendo de cáncer. Trump dice que pidió ayuda a las autoridades de la Arquidiócesis Católica de Nueva York para internar al hombre en un establecimiento católico, cosa que el entonces cardenal John O’Connor consiguió al día siguiente.

Finalmente, Citibank se inclinó por vender el Plaza a inversionistas extranjeros que no tenían intenciones de dejarle mucho rol a Trump. “Van a pasar por el infierno” antes de que esa venta se concrete, dice Trump que le dijo a representantes del banco. Trump y Wallach crearon obstáculos tales como instigar a los sindicatos a que se opusieran a la venta, o alertar a las autoridades de la ciudad sobre posibles problemas en la estructura del hotel.

Trump dice hoy que hizo lo que pudo para descarrilar la venta. “Los volví locos [a los del Citibank]”, dice. “Les hice algunas cosas que usted no me creería”.

Como parte de esas tácticas, Trump apeló entonces a Goldstein para bloquear la operación, recordándole el favor que le había hecho a su marido. Según Trump, ella fue “desagradable” con él y le dijo que una cosa no tenía nada que ver con la otra.

“Le contesté: ‘Nadie me ha hablado así en mi vida. Mira lo que voy a hacer contigo’”, recuerda Trump.

Empleados del Citibank de aquel entonces dicen que cuando el banco concretó la venta, Trump habló mal de Goldstein, diciendo que ella le había pedido un favor personal mientras trabajaba en su reestructuración de deuda.

Trump recuerda también que luego volvería a verla en funciones o reuniones sociales en la ciudad, “y yo les decía algunas cosas que alguna gente se sentía en shock”.

Goldstein murió el año pasado en un accidente de bicicleta. “No envié flores”, dice Trump.

Aun así, dice Trump, la venta del hotel terminó siendo un gran negocio para él, ya que redujo muchísimo su deuda personal. Citibank se negó a comentar.

En junio de 1995, Trump sacó a bolsa el casino Trump Plaza de Atlantic City. La compañía cotizada que él controlaba compró luego los otros casinos de Trump.

Trump utilizó parte del dinero que obtuvo de la colocación de acciones para pagar un préstamo respaldado por su participación en el Grand Hyatt. Al final llegó a una conciliación con los Pritzker y Hyatt Corp. compró la mitad de Trump por US$140 millones.

Los Pritzker consideran que esa fue una de sus mejores transacciones porque el valor del hotel había repuntado, según una persona al tanto. Trump a su vez dice que él fue quien más ganó, ya que la venta valuó el hotel a mucho más de lo que entonces valía. “Hyatt nunca se va a olvidar del numerito que les monté”, dice Trump.

Los casinos Trump nunca se recuperaron del todo. Las empresas propietarias de éstos se declararon en bancarrota tres veces más.

Pero Trump dejaba rápidamente atrás sus problemas. En 1995 llegó a un acuerdo con los bancos que le permitió liquidar el resto de su deuda personal.

Según una persona familiarizada con el asunto, Trump terminó pagando menos de la mitad de los casi US$110 millones que debía. Ese descuento refleja sus habilidades de negociador, dice Trump.

Al año siguiente, usando dinero de la venta de los casinos, hizo otro acuerdo que le permitiría liquidar también el acuerdo de reestructuración de los años 90. En una audiencia judicial, un abogado de la Procuración General de Nueva Jersey –que había pasado años estudiando las maniobras financieras de Trump—dijo: “No estoy seguro que algún integrante de nuestro equipo las haya entendido”.

Retornando del borde del abismo, Trump pudo volver a hacer operaciones de bienes raíces como a él le gusta: sin restricciones. Hasta pudo recomprar para su uso personal el mismo Boeing 727 que alguna vez, en el pico de sus problemas, había tenido que vender.




FUENTE: Peter Grant y Alexandra Berzon, contribuyeron Heather Haddon, James Oberman y John R. Emshwiller para The Wall Street Journal / Adaptado para Renderas Business ©

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